Sucedió que llegó un momento en que, sin percatarse, se fragmentaron los habitantes de aquella agrandada ciudad. No caminaron los pies sus calles, sus ojos se cerraron y avanzaron dispersos y vertiginosos por avenidas de alto tráfico, deteniéndose a intervalos a sonarse automáticamente la nariz bajo la luz del único semáforo. La lluvia no fue más la lluvia, se transformó en el gran recuerdo, el gran recuerdo de aquellos días en que caía libre sobre sus cabezas y mojaba sus acordonados zapatos. Fue entonces, en ese instante de ruido y desolación que del vacío, que todo lo contiene, surgieron tus ojos y vinieron ellos a posarse sobre todas las cosas y sobre los acontecimientos que se desarrollan en el mundo sensible. A.W.